Conferencia Internacional
CIENCIA Y BIENESTAR: DEL ASOMBRO A LA CIUDADANÍA
Reunión Regional Latinoamericana, 28-29 de Junio de 2007
Universidad de
Costa Rica.Organizadores.
Todos recordamos aquella gran película - Heredarás
el viento - en la que, en un pequeño pueblo norteamericano,
un profesor de ciencias es juzgado por enseñar en sus clases la
teoría de la evolución. El debate entre el fiscal y el abogado
defensor - magistralmente representado por Spencer Tracy - es una pieza
de antología de este conflicto milenario entre la razón y
el miedo, entre la ciencia y la superstición.
La película es de 1960, estamos en 2007 y las cosas
no han cambiado mucho. O tal vez sería más exacto decir que
sí han cambiado: hoy sabemos más, tenemos mucho más
conocimiento y ciertamente más información; pero nuestras
creencias parecen estar más y más alejadas de ese conocimiento,
de esa información y mucho más cerca de la magia y la superstición.
Y es que, en efecto, vivimos inmersos en un sistema de creencias. Esto
no es bueno o malo en sí mismo, simplemente así somos. El
punto está en cómo construimos, cómo sustentamos y
cómo - y con qué flexibilidad - estamos dispuestos a modificar
nuestras creencias frente a la evidencia, frente a la discusión,
frente a los argumentos que las cuestionan y las retan o contradicen. No
se trata - como solemos hacer - de defender nuestras creencias frente a
la refutación con aquella salida fácil de la excepción
confirma la regla... sino de entender su verdadero significado: en
realidad, la excepción pone a prueba la regla.
Dicho en otra forma, el punto es en qué medida nuestras creencias
se forman con una sólida base de pensamiento lógico y conocimiento
científico o son simplemente creencias que no tienen sustento ni
en el conocimiento ni en la lógica, sino en cualquier otra cosa
o, incluso, no tienen más sustento que el hecho mismo de ser una
creencia compartida, cuyo único mérito es darnos algo de
identidad con aquellos que la comparten... y una falsa sensación
de certeza y seguridad.
Un curioso terreno fértil para la superstición
Nunca como hoy la humanidad ha tenido a su disposición
tanta información, tanto conocimiento, tanta capacidad potencial
para comprender racionalmente muchos de los fenómenos y procesos
que nos han asombrado a lo largo de la historia. Pero que esto no se malinterprete:
no se trata de perder el asombro, sino de aprovechar lo que sabemos hacer
- investigar, pensar, discutir - para dotar a cada asombro particular de
una explicación razonable - lo que no minimiza ni al sol ni a la
lluvia, al terremoto o al cometa, al eclipse o al arco iris, al nacimiento
o a la muerte - sino que los vuelve hermosamente comprensibles.
Esto, como ha sido evidente con cada nuevo descubrimiento a
lo largo de la historia, abre la puerta a nuevos asombros ante realidades
que antes ni siquiera observábamos, asombros que, a su vez, darán
paso a nuevas explicaciones: de las sinapsis
que operan tras en pensamiento, de las maravillas del genoma,
de la siempre deslumbrante relatividad del tiempo y el espacio, del potencial
casi imponderable de las tecnologías de la información...
En fin, el asombro y la constante búsqueda de explicaciones razonables,
de conocimiento - siempre relativo, parcial, gradual y cambiante - pueden
ser y han sido las grandes acompañantes en nuestra búsqueda
por entendernos mejor y entender mejor este universo en que vivimos.
Sin embargo, y a pesar de eso, nunca como hoy la humanidad
ha estado tan dispuesta a creer cualquier cosa. Nunca como hoy, la humanidad
ha estado dispuesta - teniendo alternativas razonables - a formar sus creencias
con base en cualquier ocurrencia o disparate, sin hacer mayor distinción
entre la solidez y rigurosidad de los argumentos que la sustentan... o
la charlatanería y manipulación que les ofrece nuevas y milagrosas
explicaciones
para sus asombros. Es el mundo de las píldoras mágicas, de
las cremas mágicas, de los libros mágicos que en diez minutos...
en fin, un mundo en el que, nuevamente, queremos sustituir el esfuerzo
tenaz de buscar el conocimiento y, con su ayuda, construir soluciones reales
a nuestros problemas, por la salida fácil de comprar la felicidad,
la salud, la identidad... o la vida eterna.
Arbol contraluz.
Paradójicamente, potenciado por los propios avances de las tecnologías
de la información y la comunicación, se ha abierto así
un nuevo y tenebroso espacio para los vendedores de mitos y espejitos que
lucran con la angustia humana y la constante búsqueda de salidas
milagrosas a lo que solo tiene salidas que demandan esfuerzo propio y sistemático...
o que simplemente no tienen salida, porque no todo la tiene. Los ejemplos
abundan... y basta prender el televisor para asombrarse - que también
esto asombra - con la magnitud de esa necesidad humana de creer en lo que
sea, por ridículo que sea. El exceso de información y la
complejidad misma del pensamiento científico, parecen haberse convertido,
paradójicamente, en el terreno más fértil para el
resurgimiento del pensamiento mágico.
Tal vez los casos más graves son aquellos en los que - como en
Heredarás
el viento - frente a conocimientos ya adquiridos y que en su momento
sirvieron para correr el velo de nuestra ignorancia, ahora renacen - con
nuevos ropajes y apóstoles - las viejas supersticiones y fetiches
que descartan, suplantan y revierten el avance hasta entonces logrado por
la humanidad y nos devuelven a la oscuridad de la ignorancia y al dominio
del hechicero. Darwin
se transforma de iluminador... en amenaza.
Lo que sabemos y lo que creemos
¿Por qué es esto tan grave? Porque, contrario
a lo que suelen pensar los científicos y los intelectuales, las
acciones de los seres humanos se guían mucho más por sus
creencias que por sus conocimientos. No es porque sé algo que actúo...
sino que actúo porque creo algo, sobre todo si creo intensamente
en ese algo. Para que el conocimiento sirva de base a la acción
humana, para que el conocimiento científico y la reflexión
filosófica sean base de la transformación del mundo, deben
dar un paso difícil pero indispensable: tienen que ser comprensibles
para la gente pero, más aún, tienen que ser capaces de convertirse
en algo más que conocimiento: tienen que ser creíbles para
la gente, tienen que volverse parte de nuestros sistemas de creencias,tienen
que ser creídos... no simplemente sabidos.En otras palabras,
tienen que pasar a ser parte de nuestra cultura.
Este no es un paso fácil. Sólo pensemos cuántas
veces en la vida cotidiana actuamos con base en supersticiones, a pesar
de que nuestro conocimiento nos haría fácilmente reconocerlas
como lo que son: meras supersticiones. La mercantilización del mundo
moderno - fuerza de progreso en muchos sentidos - es en este campo una
fuerza que, lamentablemente, contribuye con fuerza a igualar y confundir
conocimiento con charlatanería, como muestra más de un ejemplo
ya clásico en el que, a punta de fuerza mediática, la mentira
adquiere status de verdad para millones de personas, a pesar del reclamo
inútil de la evidencia.
Esto no le pasa solamente a la gente común y corriente
(lo digo así porque a veces los científicos no se sienten
gente común y corriente... y a veces la gente tampoco los ve así).
No, esto afecta incluso a muchos intelectuales y científicos. A
veces en su propio campo - lo que es un poco más fácil de
detectar y combatir por los pares - pero muchas veces en campos que, si
bien ajenos a su experticia científica, no debieran ser ajenos a
su pensamiento científico y a su rigor
lógico. Aquí, suelen hacer un gran daño promoviendo
creencias sin ninguna base científica, pero dotándolas del
aura del conocimiento científico: cuántas veces se dice -
o se piensa - que si fulanito cree... debe ser cierto. De nuevo,
una técnica muy usada en mercadeo: nueve de cada diez dentistas,
nueve de cada diez médicos, usan...
A partir del asombro... hay dos caminos
De nuevo: ¿por qué es esto tan grave? Porque
el asombro, que es maravilloso como fuente de búsqueda, puede conducir
entonces con la misma facilidad a un sistema de creencias basado en el
pensamiento científico y el razonamiento lógico - en la razón
- o a un sistema de creencias basado en la magia o la superstición...
en la venta de espejitos.
Mientras la ciencia promueve la duda sistemática, la actitud
responsable de la democracia y el respeto por los demás y por sus
ideas; la magia promueve la certeza absoluta, la actitud arrogante en unos
y sumisa en otros tan típicas del autoritarismo;
y el irrespeto o hasta la destrucción del otro y sus ideas. La magia
- la solución ignorante del asombro - es la base del fanatismo y
el fundamentalismo que son, junto con el egoísmo, la base de esa
trágica creencia de que tenemos el derecho... o hasta el deber,
de acabar con el otro, con sus ideas y con sus creencias (y, de paso, claro,
destruir o quedarnos con sus bienes). Por eso la defensa del pensamiento
científico frente al pensamiento mágico es algo más
que un ejercicio académico: es un ejercicio político de primer
orden: es la última línea de defensa de la libertad y los
derechos.
Hace poco sugerí a mi hija menor la lectura de dos libros. Dos
libros relativamente viejos: el *Mundo Feliz* - infeliz traducción
del Brave New World - de Huxley;
y *1984* de Orwell. Quedó
asombrada. ¿Cómo podía ser, me dijo, que ellos supieran
ya entonces cómo iba a ser el mundo hoy? Lo que ella ve a su alrededor
- en la Universidad, en los medios, en la calle - no le parece muy distinto
a las macabras pero visionarias caricaturas del mundo que nos plantearon
en la primera mitad del siglo veinte Orwell y Huxley: mundos llenos de
conocimiento, pero dominados por creencias construidas e imbuidas por sendos
y sistemáticos procesos de *adaptación y acomodación*
- para recordar al viejo Piaget.
A esto solo falta agregar un nuevo ingrediente, aquel que Albert
Hirschman sintetizó tan bien en el título de uno de sus
libros: las pasiones y los intereses. Porque, ciertamente, actuamos con
base a nuestras creencias. Pero estas creencias a su vez operan en forma
recíproca con nuestras pasiones y nuestros intereses. Es tanto más
fácil *creer* aquello que confirma y justifica nuestras pasiones
y legitima nuestros intereses... que aquello que, incómodo... cuestiona
nuestros argumentos, nos golpea la conciencia y nos cuestiona moralmente.
De la certeza mágica al relativismo absurdo
Hoy, en este peculiar período formado por el final de
un siglo y el inicio de otro, la situación es particularmente paradójica.
Vivimos una época extraña, una época en que, sobrecargados
de información y conocimiento, parecieran faltarnos las certezas
absolutas, las seguridades absolutas, las identidades absolutas. La ciencia
y el conocimiento, en efecto, promueven la duda y la búsqueda, no
la certeza tranquilizadora. En un mundo que cambia aceleradamente en los
hechos y las explicaciones, vivimos permanentemente angustiados ante la
incertidumbre de no tener tan claro como antes qué somos y para
qué somos.
Ante ese vacío, se alza tanto el riesgo de la magia,
de la respuesta fácil y segura, como el riesgo del relativismo absoluto
e igualmente absurdo: en un mundo sin certezas, algunos prefieren pensar
que todo se vale, que todo es igual, que no hay ya criterios para distinguir
una buena de una mala acción, una buena de una mala idea, una buena
de una mala obra de arte, un razonamiento de una ocurrencia, una buena
de una mala política, una buena de una mala vida. Todo da igual.
¿Cómo salir de esta trampa? En El valor de elegir,
Fernando
Savater nos propone un giro radical: frente a las angustias de un mundo
en el que ya no encontramos con facilidad las viejas certezas no cabe ninguna
de estas salidas: ni el regreso a la magia ni el relativismo brutal. Savater,
retomando a los griegos, nos invita a enfrentar la incertidumbre, la pérdida
de las certezas absolutas, por un camino típicamente humano: recuperando
la ética y la estética, encontrando y construyendo *lo bueno
y lo bello* en cada aspecto de nuestra vida cotidiana, valorándolos
precisamente por lo que son, es decir, por lo que logramos hacer de ellos
mediante nuestra actuación virtuosa. Ahí radica la trascendencia
de esos pequeños logros cotidianos que constituyen nuestra vida:
en haber aspirado a más no como destino inevitable, sino como fruto
de nuestras acciones, de nuestras decisiones, del uso responsable de ese
libre albedrío que, a pesar de los pesares, sigue siendo característica
esencial del ser humano.
Como ocurre con el conocimiento, apreciar y valorar la vida en su contingencia
no significa que nos resignemos a su rutina o su mediocridad. Todo lo contrario,
implica un afán permanente por perfeccionar cuanto hemos logrado,
aún entendiendo - y sobre todo porque entendemos - su limitada y
maravillosa contingencia. Si somos un instante, sepamos serlo de la mejor
forma posible. Finalmente, Savater nos recuerda que la única
forma compatible con nuestra contingencia de multiplicar los bienes que
apreciamos es intercambiarlos, compartirlos, comunicarlos anuestros semejantes
para que reboten en ellos y vuelvan a nosotros cargados de sentido renovado.
¿Y la educación, qué papel tiene?
Por todo lo dicho, para formar mejores personas, la educación
debe enseñar a valorar y disfrutar tanto lo verdadero como lo bueno
y lo bello; debe enseñar a convivir. La educación debe formar
para la vida en un sentido integral: tanto para la eficiencia y el emprendimiento
como para la ética y la estética; tanto para el disfrute
de la vida como para la capacidad de vivir y convivir con los demás:
para la ciudadanía.
Los estudiantes, por supuesto, deben desarrollar las destrezas y competencias
para aprovechar de la mejor forma los recursos disponibles en la solución
de los problemas que enfrenten; pero de la misma forma deben desarrollar
su sensibilidad y los valores necesarios para buscar siempre lo verdadero,
lo correcto y lo bello... aunque sean ideales inalcanzables en su forma
absoluta - es decir, una utopía -: lo que realmente importa, lo
que nos transforma, lo que nos hace genuinamente humanos, es la actitud
de búsqueda de estos ideales, de esta utopía.
Por eso, así como debemos reforzar y recuperar el pensamiento
lógico y científico en nuestra educación - el rigor
del pensamiento - es preciso también reintegrar en los espacios
y actividades educativas esos aspectos hoy tan descuidados: la apreciación
y educación artística, ambiental, deportiva, moral y cívica,
que son aspectos intrínsecos de la síntesis clásica
entre la disciplina y el gozo, base de la más sana convivencia.
En cuanto al pensamiento científico propiamente dicho, es evidente
que se trata de algo más que dar clases de ciencias: se trata
de incorporar el pensamiento lógico, la duda sistemática
y la búsqueda rigurosa en todos los campos del saber humano: tan
rigurosas deben ser las argumentaciones en matemáticas como en ciencias,
en ciencias como en estudios sociales... y guardo una esperanza muy especial
para el lenguaje. Creo que ese es el campo ideal para internalizar realmente
el pensamiento lógico: la lógica que aprendemos en las ecuaciones
físico-matemáticas, en química... o en cualquier otro
campo particular, no trasciende con facilidad a los demás campos
de nuestro conocimiento y, mucho menos, a nuestra vida cotidiana. Introducir
la lógica en la enseñanza del lenguaje: aprender a pensar
lógicamente conforme aprendemos a leer y escribir, eso sí
que podría hacer una diferencia radical en nuestra cultura científica
y en nuestra capacidad - digamos - de leer científicamente
todo lo que se nos ponga por delante... imágenes incluidas.
De aquí la importancia de nuestra capacidad - como científicos,
como intelectuales, como educadores, como políticos y como ciudadanos
- de promover una ciudadanía democrática, de promover una
forma de convivencia centrada realmente en el reconocimiento y el respeto
del otro, una convivencia en que nuestras creencias se asienten cada vez
más en nuestros siempre relativos - pero razonables - conocimientos
y en esa eterna búsqueda por lo verdadero, lo bueno y lo bello:
por esa interminable construcción de eso que llamamos humanidad.
Por eso, no se trata de abogar por un pensamiento científico
pero frío, científico pero desapasionado y, mucho menos,
por un pensamiento científico pero sin convicciones. Los afectos,
las emociones, las pasiones y los intereses, son elementos consustanciales
a nuestro ser humanos. Es esa peculiar combinación
de razón y pasión - Apolo
y Dionisio - la que nos
hace, precisamente... humanos. La educación es clave en lograr ese
balance dinámico que nos permite y nos exige ser, a un tiempo, apasionados
y sensatos.
Por el contrario, cuando la educación no juega este papel, cuando
el razonamiento lógico, el pensamiento científico y las aspiraciones
éticas y estéticas se confunden e igualan con cualquier superstición,
con cualquier artilugio, con cualquier ideología, píldora
mágica o cristalito moderno; en fin, cuando todo da igual... entonces
nuestras creencias y pasiones pierden todo sustento y quedamos a merced
de los mercaderes o ideólogos de turno. Entonces, más que
viento... heredaremos tempestades. Ya ha ocurrido antes. Está en
nosotros que no vuelva a ocurrir.
Inauguración de la Conferencia Internacional
CIENCIA Y BIENESTAR: DEL ASOMBRO A LA CIUDADANÍA
Reunión Regional Latinoamericana, 28-29 de Junio
de 2007
El paradigma vibracional: peligros de la seudociencia
organizada
Martín Bonfil Oliveira, Dirección General de Divulgación
de la Ciencia, UNAM, México.
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