Aquí encontrará artículos
sobre hábitos y consecuencias de la ingesta de alimentos,
los nuevos energizantes y sus peligros y enlaces
a la pirámide alimenticia.
¿Comer qué?
Andrés
I Pozuelo Arce, CIENTEC
Publicado en La
Prensa Libre, 13 de enero, 2007.
Hoy en día, en nuestra vida cotidiana, las fuentes generadoras
de ansiedad son numerosas, tales como cumplir con las fechas que impone
nuestra agenda de trabajo, las reuniones aburridas que debemos atender,
ciertos compromisos sociales que se nos presentan como impostergables,
y muchas más.
Pero, de todas las causas del síndrome de ansiedad (reacción
autonómica destructiva que incluye hiperventilación
y vasoconstricción,
a la par de una decadencia inmunológica
general), la más preocupante es la causada por la continua preocupación
que nos crea el tipo de alimentos que ingerimos a diario.
Y es que no resulta extraño, en la actualidad, sentarse a una
mesa servida de alimentos deliciosos, o abrir una bolsita de algún
bocadillo empacado, sin que alguien nos advierta de los peligros del contenido
de grasa, azúcar, sal, condimentos y otros ingredientes comunes
que existen en dichos alimentos. Estas intervenciones, por lo general no
solicitadas, más que educarnos sobre aspectos nutricionales, terminan
-en la mayoría de los casos- elevando nuestros niveles de ansiedad
alimentaria. De esta manera afectamos negativamente nuestro sistema
digestivo y limitamos nuestras ayudas mecánicas y biológicas
como la masticación
y salivación, todo lo cual provoca que saturemos el estómago
de alimentos mal procesados, sin la previa activación, por la parte
de los sentidos, de aquellos mecanismos de producción de ácidos
biliares y enzimas
necesarias para que la comida nos alimente y no nos enferme.
Es importante tomar en cuenta que, en el proceso de nutrición,
el qué iguala en importancia al cómo, cuándo y el
cuánto de nuestra ingesta diaria. No vamos a elucubrar, aquí,
sobre las virtudes o deficiencias de la actual pirámide
alimentaria, recomendada por los llamados expertos en nutrición;
pero, a mi juicio, ella hipermagnifica el tema de la ingesta diaria de
macronutrientes, necesaria para una vida saludable, al no tener en cuenta
las diferencias en capacidad y estabilidad metabólica de los individuos.
Más allá de tal pirámide, nos enfrentamos en nuestro
tiempo a muchas otras luces rojas con nombres complicados: grasas
trans, índice
glicémico, grasas
saturadas, mercurio,
toxinas y otros demonios nutricionales. Este nuevo marco alimentario hace
que los seres humanos perdamos nuestra disposición instintiva de
seleccionar, por la vía de nuestros sentidos -olfato, vista, gusto
y aun tacto- los alimentos que comemos y disfrutamos.
Es cierto que no todas las grasas
son iguales, que las insaturadas son mejores que las saturadas, y que las
hidrogenadas
lidian mejor contra la oxidación, pero estas tienden a favorecer
la formación del colesterol.
También es cierto que excederse en azúcar no es adecuado,
sobre todo para los diabéticos,
aunque cabe aclarar que el azúcar no es la causa de la diabetes
tipo II, sino que son más bien las malas prácticas alimentarias
(qué, cómo, cuándo y cuánto), aunadas a una
posible propensión genética, las que aumentan la probabilidad
de padecer este mal. Y así, podríamos seguir elaborando argumentos
acerca de las ventajas y desventajas de cada nutriente, olvidándonos
de lo realmente importante: se come con los sentidos y no con el estómago.
Hay que disfrutar de la totalidad de la experiencia gastronómica,
dejando que el olfato perciba una por una las especies aromáticas
y, de este modo, preparar a la vesícula
para que logre concentrar la mayor cantidad de bilis
y para que las glándulas salivares cumplan la función de
proveer a la boca la cantidad necesaria de saliva saturada de enzimas digestivas.
A la hora de introducir un alimento en la boca, es mejor hacerlo lentamente,
generando expectativa y masticando sin prisa, con el objeto de que la lengua
sea estimulada con los desprendimientos iónicos de la sal, glutamatos,
ácidos y otros exaltantes de sabor, completando de tal forma la
maravillosa experiencia del buen comer. Con gran convicción, puedo
asegurar que esta renacida sensibilidad se hará cargo de llevarnos
hacia un mejor estado de salud física y, paralelamente, hacia una
mayor comprensión de los diferentes efectos que cada alimento puede
generar en nuestro cuerpo.
Otros artículos relacionados