navegador
 
 

Una noche de marzo, 2006, los integrantes del Taller La Palabra y el grupo de astronomía de CIENTEC nos reunimos a ver el cielo. El objetivo era crear espacios de confluencia entre la ciencia y la literatura. Como resultado, “el cielo nunca será el mismo” dijeron algunas, otros nos enriquecimos con metáforas y nuevos enlaces. Luego surgieron estos siete relatos que esperamos sean el inicio de muchos caminos para llegar al conocimiento y a la belleza.

Mercurio está desolado
Janina Bonilla


—Después de tanto transcurrir has venido a verme.

—Es verdad, no pude volver porque ya no tengo la fuerza suficiente en mis pies alados para volar hasta acá. Me gustaba visitarte para llenarme de energía en tu campo magnético.

—Siempre has explicado cómo soy y me dijiste que mi nombre era en tu honor. Desde que giro alrededor del Sol, creía que era hijo de éste. .

—Efectivamente así es, los romanos te pusieron mi nombre porque eras el planeta que giraba más rápido y yo soy el Mensajero de los Dioses del Olimpo rápido, veloz y alado.

—Pero ahora la fuerza del Sol me ha ido frenando y no sé por qué.

—Según los seres que habitan la Tierra, debes entenderlo, para ellos tu giro significa 58 días y medio de sus días y noches.

—De esos no me hables, porque yo, por su culpa me siento desolado.

—¿Cómo, desolado? eres el planeta más cercano al Sol, el segundo más pequeño del sistema solar, das la vuelta al Sol en menos de tres meses terrícolas, no puedo creer que te encuentres así.

—Si, estoy desolado. Esos, los que llamas terrícolas vienen a espiarme y tengo miedo que me hagan lo que hicieron en la Tierra.

—¿Qué le hicieron a la Tierra?

—La están acabando, habitan su superficie, se meten en sus entrañas y destruyen. En tus tiempos y aun antes, ella era hermosa en colores.

—Pero, no debes estar en esa condición, porque tu alta densidad aunque es la misma de la Tierra no tiene aire y ni agua, que son dos elementos que los terrícolas necesitan para vivir. Acuérdate que te dicen el planeta de hielo y fuego.

—¡Tonterías! Esos van a encontrar la forma de maltratarme, sobre todo cuando se den cuenta que si uno de ellos pesa 80 libras en su planeta, aquí pesará 30 libras y así más ligeros andarán por todo mi ser, dejando sus huellas y basuras como hicieron en la Luna.

—Ah! Pero en la Luna es diferente, ella es hija de la Tierra y Orfeo.

—Nunca había oído eso, pero, aunque sea su hija no tienen derecho a maltratarla.

—La Luna se formó cuando Orfeo penetró la Tierra soltando las rocas que junto con él formaron la Luna.

—Bueno, allá ellas con sus problemas, yo tengo el mío, ya se están acercando. Enviaron una de esas cosas que llaman naves y me va a sobrevolar tres veces para hacer la maniobra orbital en marzo del 2011, faltan 6 años y 8.5 meses de ellos; quisiera saber cuanto es ese tiempo en mí.

—No lo sé, no puedo decirlo. Al Olimpo no ha llegado esa información, es que cada vez estamos más invisibles, menos existentes, incluso temo que estemos a punto de desaparecer.

—¿Por qué? Ahora si estoy más desolado, si desapareces que me va a quedar. ¿Puedo hacer algo para que eso no suceda?

—No depende de ti, es de los terrícolas. Nuestros días de gloria fueron en tiempo de los romanos y los griegos, cuando todos creían en nosotros. Eso es lo que nos mantenía, la fuerza de su creencia en los dioses del Olimpo.

—Entonces ¿Cómo hago para que no crean en mí? Tal vez como mis cráteres son parecidos a la Luna, se confundan y regresen a ella. Voy a tratar de esconderme lo más posible detrás del Sol, voy a hacerme invisible.


Venus
Dí mi nombre
Oscar Julio Rimola


Por ser la que soy,
no te asustes
si la oscuridad te sirve
de cabecera y no puedes dormir.
Es solo mi voz
disfrazada de insomnio, que te llama.
En ese instante,
corre las cortinas de la noche,
y observarás en el cielo, una candileja,
encendida solo para ti.

_______O________

Por ser la que soy,
no sientas temor
si el brillo de mi alma te sigue,
vayas por donde vayas.
Entonces,
cierra tus oídos a aquellos
que no han subido
sus ilusiones en una mariposa,
para viajar por las estrellas.
Son los mismos que te advertirán:
¡Cuidado! Es un rostro de mujer,
si la traicionas,
hasta su perfume se hará tangible,
percibirás su acidez y su azufre;
dejándote su rúbrica en la piel.

_______ _______

Por ser la que soy,
me vestiré de gala
con adornos de luciérnagas
y sin nebulosas de gas
para que me percibas bien.
Si lo haces,
acoplaremos nuestras miradas
y como amantes furtivos
al amparo de las penumbras
nos iremos por
el firmamento,
con la prisa que
da la pasión la primera vez.

_______ _______

Por ser la que soy,
por ti seré espuma de mar;
para amarnos
a la orilla de los océanos.
Te daré sensaciones
de placer nunca
antes imaginadas.
Pensaras que tu
mundo gira contrario
a las manecillas del reloj
y al llegar
a ese momento sublime,
en que tus manos
toman por asa
las constelaciones,
y no existe
ni la locura, ni la sensatez
y los colores pierden sentido,
hasta el punto que crees que
el universo se detuvo
ante ese vaho de vida
que clama por erupcionar,
quiero que digas mi nombre
una y otra vez: ¡Venus!


Júpiter
Floria Bertsch


Soy Júpiter. ¡Qué nombre más fuerte!, ¿verdad? Pero dicen los que nos han estudiado y medido que me cae al pelo, pues soy, dentro de nuestro Sistema Solar, el planeta más grande, y mi fuerza es incalculable. Hay reportes recientes que indican que atraje hacia mí un cometa que transcurría por el universo, desviándole totalmente su curso y, prácticamente, me lo engullí. También dicen que mis manchas, especialmente La Gran Mancha Roja, que es al menos del doble del tamaño de la Tierra, proviene de otros eventos estelares tan catastróficos como éste.

En mi fortaleza también se han recostado los humanos, pues en la mitología romana siempre fui el dios más poderoso, padre y rey de los hombres. Tan grande como Zeus para los griegos. Dios del cielo luminoso y de la claridad del día. Rey del firmamento.

Pero soy de gas, sabían eso? No soy sólido, como otros, sino que nada más mantengo atraídos hacia mi eje central a una gran cantidad de gases que rotan velozmente sobre sí mismos. Tan rápido que mis días duran apenas 10 horas…

Escondo aún muchos secretos para los humanos, pero por los momentos, lo que ya saben es que tengo una atmósfera turbulenta, llena de vientos ciclónicos y nubes de cristales congelados, que a través de sus potentes telescopios apenas se ven como bandas y zonas, oscuras y claras.

Mi campo magnético, como todo en mí, es intenso, por eso otros planetas me envidian, me celan o me temen, pero me conformo con contarles que en mis días de ocio, con todas esas partículas que recojo del universo, me dedico a producir las más impresionantes auroras boreales!

También tengo anillos, como Saturno, sólo que los míos son más viejos y tenues por lo que no se ven tanto. Aunque muchos han comparado mi brillo con el de Venus, la estrella radiante, la amada por todos…

Sin embargo, lo que me parece verdaderamente sensacional es que en torno mío giran más de 57 lunas! Se pueden imaginar?! Aquí empieza la historia, porque, qué haría un terrícola soñador si se encontrara viviendo en mí, en una de esas sublimes noches en que su alma penetra la profundidad del universo al ver salir la Luna? Se lo imaginan apañándose con 57 lunas a la vez? Algunas saliendo llenas tras el horizonte, otras menguando o creciendo, y a las que les corresponda, siendo nuevas esa noche…!

Ío, la más interior de todas mis lunas, y reconocida desde los tiempos de Galileo, es un auténtico mundo volcánico, mientras Europa, otra de las que fueron nominadas desde el principio está conformada de hielos y océanos líquidos. Y así podríamos seguir, Aedea, Aitné, Cilene, Helike, Himalia, Isonoe, Pasítea, Sponde, Táigete, Tione, Yocasta, todas únicas y mías a la vez.

Así soy, Júpiter, amparando a los regidos por la constelación de Sagitario, siempre fuertes y dispuestos al galope y lanzando la flecha de los sueños …más allá.


Saturno y sus anillos
Fabiola Campillo C.


Tu lo sabes, Jimena, haz visto en toda la literatura que los terrícolas han escrito sobre mí, que Saturno es el sexto planeta desde el Sol y el segundo más grande del Sistema Solar con un diámetro ecuatorial de 119,300 kilómetros. En esas medidas sólo me aventaja Júpiter, un amigo a medias, lo respeto y lo aprecio, te debo confesar que siento celos de él.

Yo no te sé decir la causa, pero soy el único planeta que tiene una densidad inferior a la del agua; tal vez sea por mi estructura de hidrogeno (97%) y de helio (3%). Si fuese posible encontrar un océano lo suficientemente grande, yo flotaría en él. Sobre lo que ustedes saben[1] de mí, déjame decirte por lo menos algunas cosas sobre mi forma.

Dicen ustedes que yo estoy claramente achatado en los polos, como resultado de la rápida rotación que tengo sobre mi eje. Vieras que mi día dura 10 horas, 39 minutos y tardo 29.5 años terrestres en completar la órbita alrededor del Sol. O sea que cuando tú te estás acostando, algunas veces yo me estoy levantando. Pero eso es pura fantasía que se inventaron ustedes, porque yo siempre estoy girando, sin importar cuando inicio y cuando termino.

Mi atmósfera está básicamente compuesta por hidrógeno con pequeñas cantidades de helio y metano. El color amarillo con el que ustedes me ven, está dado por mi carácter nubloso. Hay muchas nubes sobre mí y eso es peor cuando estoy cerca del Ecuador. Tu no podrías soportar la velocidad que alcanzo cerca de allí, cuando voy viajando hacia el este, a un impulso de 500 metros por segundo.

Muchos de los observadores de los planetas que giramos alrededor del Sol, dicen que el sistema de mis anillos, hacen de mi uno de los objetos más bonitos del sistema solar. Mis anillos están descompuestos en un número de partes diferentes: los anillos brillantes A y B y un anillo C más tenue. Mi anillo más externo el anillo F, es una compleja estructura compuesta por dos brillantes anillos estrechos, trenzados y entrelazados, cuyos "nudos" son visibles

Ahora bien, ¿de que están compuestos mis anillos? Las sondas espaciales que enviaron ustedes, mi bella Jimena, han demostrado que los anillos principales están realmente constituidos por un gran número de anillos más estrechos. ¿Cuantos? Todavía no lo sabemos. El origen de mis anillos es dudoso. Se cree que se formaron por el impacto de planetas y asteroides. Podrían estar compuestos por iceberg o bolas de nieve cuyo tamaño varía entre pocos centímetros y varios metros.

Fuera de estas precisiones académicas que escriben los científicos, déjame decirte amiga que me he acostumbrado a contarte mis preocupaciones y expectativas. ¿Puedo llamarte amiga? La mayoría de la gente que me observa lo hace con admiración estética y no piensa en mis sentimientos, pero a ti te he visto mirándome detalladamente, con la inquietud sobre lo que siento, si es que siento. Sabes, te confieso que me aburro de dar vueltas girando sobre mí, pero también te digo cuanta soledad tengo. Parece mentira, con tantos anillos y lunas (18 lunas confirmadas) que giran a mí alrededor y siendo quien tiene el mayor número de satélites del sistema solar, me siento muy solo, extremadamente solo.

Soy un astro que ustedes llaman hermoso, pero estoy cansado de girar y girar. La tristeza me embarga y me gustaría que me dieras una receta para superarla. No importa que sea mágica. Podríamos jugar a creer en ella y yo me sentiré mucho mejor. ¿Estas de acuerdo con mi propuesta?

Para decir que sí, por favor agacha la cabeza que estás siempre mirando al cielo y quiero creer que me miras a mi.


[1] Ver exploraciones del Voyager en 1980-81 con las tomas de Giovanni Cassini y Johann Encke.


Urano
Johanna Fernández G.


A pesar de que me honraron con el nombre del primer Dios que reinó el Universo, Urano, por muchos miles de días, que en mi caso cada uno tiene una duración de 17 horas y 14 minutos, me sentía en total aislamiento y soledad en el amplio universo. Muchas veces sufrí la angustia de que ustedes, ahí en la Tierra, no se hubieran percatado de mi existencia, no obstante que soy el tercer planeta más grande del Sistema Solar. Dos millones novecientos mil kilómetros me separan del Sol, creo que también por esa lejanía se sabía poco o nada de mí. Me libró del anonimato William Herschel en 1781 y así se conoció que tengo cuatro veces el diámetro de la Tierra, tamaño nada despreciable dentro del sistema planetario.

Se preguntaran ¿Cómo soy? Es sencillo, me compongo de rocas y hielos diversos, con solo 15% de hidrógeno y un poco de helio. Mi atmósfera está constituida de 83% de hidrógeno, 15% helio y 2% de metano, así que me llaman uno de los gigantes gaseosos del sistema solar.

Me distingo de los otros planetas por estar inclinado hacia un lado, muchas suposiciones se han hecho sobre esta característica. Tengo un vago recuerdo, de que millones de días atrás, cuando apenas se conformaba el Sistema Solar, un fuerte retumbo me impactó, desde lo profundo me estremecí y con gran conmoción me di cuenta que un enorme cuerpo celestial me había colisionado. Con dificultad me repuse del golpe y pude comprobar que mi cuerpo estaba intacto, no había fracturas, pero a partir de ese día ya nunca más mi posición fue la misma, me fui inclinado y así seguí girando alrededor del Sol. Como dicen ustedes en la Tierra “giro como acostado” y no es que me de pena esta característica, la verdad que me gusta ser diferente, roto con bastante comodidad y hasta diría que es una postura giratoria agradable. Debo confesar que por esta situación surgen algunas consecuencias, que los expertos han denominado extrañas, ya que durante mi período orbital de 84 años, cada polo pasa 42 años en oscuridad seguidos de 42 años de luz solar directa. ¡Interesante¡ ¿verdad? Ustedes podrían pensar que la energía solar adicional que se recibe en los polos conlleva a temperaturas más altas, pues no es así. La gruesa atmósfera me sirve como un aislante que para calentarse o enfriarse necesita más tiempo del que yo tardo en recorrer mi órbita.

Se han sorprendido que mi posición ladeada tiene un efecto sobre la cola del campo magnético, la nave Voyager 2 comprobó que está inclinado 60 grados respecto a mi eje de rotación. Se menciona que la cola magnética tiene la forma de un sacacorchos por su rotación, pero eso a mi me parece más una distinción.

Me ufano más de mi llamativo color que de mi considerable tamaño como planeta. Las piedras preciosas esmeralda y el lapislázuli se fundieron en cariñoso abrazo y tiñeron a todo lo amplio de mi disco de color azul-verdoso. Los estudiosos dicen que esta característica es el resultado de la presencia en mi atmósfera del gas metano que absorbe las radiaciones complementarias, o sea las rojas. Esas explicaciones los satisfacen, pero a mi me tienen sin cuidado, y con más fervor, me adhiero a la idea que como Dios primigenio del Universo, mi tinte es el resultado de la ofrenda amorosa de la fundición de esas fascinantes piedras.

En 1977, observándome desde la Tierra descubrieron que poseo un sistema de anillos, 11, que son oscuros y con partículas gruesas. Anillos que me custodian y rinden honores. Mi anillo más brillante es Epsilon, pero no lo puedo comparar con la luminosidad de los anillos de mi colega Saturno, en eso me supera. Tengo 21 satélites, que me honraron bautizándolos con nombres que tomaron prestados del famoso escritor inglés Shaskepeare, como: Julieta, Ofelia, Desdemona, etc.

De mis satélites les puedo contar que la mayoría son mundos de roca y hielo entre 25 y 100 kilómetros de diámetro. Los invito a animarse para que vean desde la Tierra mis cinco principales satélites. Titania es el más grande, tiene la mitad del tamaño de la Luna. Yo me hado cuenta que para ustedes, mi satélite más pequeño Miranda, es el que les llama más la atención, creo saber la razón, su superficie parece que fue confeccionada por trozos puestos a capricho de un artesano. De ese satélite lo que más los debe impresionar es una serie de regiones circulares que llamaron el Circus Maximus.

Cada vez que dirijan su mirada al cielo, no se olviden de buscarme, recuerden que por mucho tiempo estuve en total soledad, que mi lejanía no sea motivo para que no intenten encontrarme sino un reto para observar y disfrutar del firmamento.


Neptuno
Una familia muy grande
Sylvia Rodríguez


No hace ni un año que me conocen y ya se permiten decir que soy cambiante e inestable y quieren que les cuente todo. Aún no han vislumbrado todos los satélites de mi familia, tengo más hijos de los que ven y suponen, pero conociéndolos tan poco, los caracterizan por medio de fotos... Hola, soy Neptuno, y vine a contarles algunas cosas que deben saber.

Allá por 1846, pocos meses después que me avistaron por primera vez, creyeron que tenía un solo satélite, claro, por grandote, veían sólo a Tritón. 103, de sus años, después, estos espías que sólo se la pasan mirando para arriba, descubrieron en 1949 a Nereida. En 1989, en el mes de agosto, nos sorprendió el paso de una de esas sondas extrañas, silbando a todo motor y produciendo una contaminación sónica y ambiental nunca antes vista ni olida, era el Voyager II, y ¡sorpresa! literalmente hizo su agosto, porque seis satélites más salieron en la foto: Náyade, Thalassa, Despina, Galatea, Larissa y Proteo. Y a la Tierra llegó el notición de que eran ocho, mis acompañantes. En el 2003 otro bombazo: vieron que en total eran once. Aquí empieza, para ustedes, la historia de mi familia. Una familia llena de excepciones, que fui construyendo a través de eras de millones y millones de años, a fuerza del irresistible magnetismo del “dejar ser”.

Y comienzo con Tritón, mi mayor adopción... por grande, quiero decir. Lo rescaté de un fuerte abrazo, una madrugada en que lo ví venir desde muy lejos, sin rumbo. Venía desencajado, desesperado, lleno de golpes que habían desfigurado por completo su superficie. Bajo mi protección, al poco tiempo se le fue aplacando la animosidad y su deseo de fuga, y empezó a armonizar su rotación con la mía… a su manera, porque le gusta llevar la contraria, aún no he podido entender por qué, pero tampoco pregunto. En un par de billones de años más, cuando esté listo, hablará. A Tritón, a diferencia de sus hermanos y hermanas, le gusta ir “contra vía”, desde el principio va en dirección contraria a de todos. Eso es también parte de su naturaleza especial, y tengo que decirlo, a mis ojos, y que no lo sepan los demás, es uno de mis favoritos, porque aunque hace lo que le da la gana, siempre lo hace bien, y me deja con la boca cerrada, sin poder protestar. Más que un satélite, es un planeta menor, por grande y denso. Ya está grandecito y muy bien definido. ¡Qué le voy a decir! ¿Que se vuelva parte del rebaño y que por ir en contra de su naturaleza, sea infeliz? Es tan independiente. Con decirles que en todo el Sistema Solar es el único satélite grande que orbita al contrario del planeta que lo conduce. ¡Qué fuerza de carácter! Así es como ha logrado superarlo todo, y esto me llena de orgullo. Tiene más roca en su interior, que cualquier satélite de los congelados que alardean de muy sólidos. Quizá esa fuerza de espíritu es lo que lo convirtió en un ser imperturbable, es el objeto más frío del Sistema, con temperaturas de -235° C, pero con una actividad interna constante y maravillosa: géisers de nitrógeno y polvo modifican frecuentemente el aspecto de su atmósfera. ¡Es intenso!

También está mi excéntrica Nereida, y si le digo excéntrica no es por estrafalaria o caprichosa, es porque le gusta tanto viajar, que se inventó una órbita enorme, una órbita excéntrica, como la llaman los científicos, y completa su giro a mi alrededor en 360 días, casi igual que la Tierra alrededor del Sol. Es mi satélite más reflectivo. Ella ve al sol, y así tan lejos como estamos, lo refleja con tal plenitud, que si estuviera más cerca opacaría hasta la Luna llena de marzo. No puedo cortarle las alas a esa maravillosa naturaleza creativa de su ser. Aquí ensombrece a todos. A raíz de esto, en ocasiones tengo que levantar el ánimo a Proteo, su hermano, que aunque más grande, se caracteriza por ser uno de los objetos más opacos del Sistema, tanto que las raras veces que lo avistan, lo ven como una mancha o una nube. Además no se aventura en esos viajes de órbita excéntrica, se mueve apegado a mí, y no se aleja para nada, por eso sigue guardando una forma irregular… le falta roce, en el mejor sentido. ¡Todos son tan diferentes!

A mis otros retoños, los conocerán si visitan nuestro álbum familiar. Son pequeños y por escurridizos, en las fotos siempre quedan movidos, como en huída. Entre más pequeños, son más tímidos y temerosos. Además, debo decirlo, por estos rumbos, no estamos muy habituados a las cámaras. Ellos se quedaron conmigo después de que un pobre cometa sin control, se distrajo, perdió el curso y golpeó tan fuerte un viejo satélite que me acompañaba anteriormente, que ambos se deshicieron en millones de partículas. Náyade, Thalassa, Despina, Galatea, Larissa, el mismo Proteo y otros chiquitillos, a como pudieron, se negaron a perderse en el negro insondable, y asidos con fuerza a mi campo magnético, lograron resistir. Por eso no salen en las fotos y andan tan adheridos a mi atracción, pues cualquier objeto que se acerque les recuerda al cometa, y huyen a protegerse. Fue muy traumático para todos. Y por ahí hay tres más que acaban de rastrear en el 2003, con mucha dificultad, ni nombre les han puesto. Por discreción, yo me reservo nuestros nombres propios, pues, además de que resultarían impronunciables para ustedes, los que nos escogieron son tan lindos, nombres de dioses y diosas de la mitología, y de personajes fantásticos. Con eso nos regalan atributos sobrenaturales que nos encantan. Empezamos a usarlos en broma y ahora hasta nos sentimos parecidos.

Otras partículas, que quedaron reducidas casi a polvo, formaron a mi alrededor cuatro anillos bellísimos, muy discretos -no como los del vecino de la órbita 6… - pero con un misterioso centellear en racimos, que los hace brillar como ningún otro elemento conocido en el Sistema Solar. Uno de ellos, el más cercano, es tan amoroso, que por secciones se abraza, adornándome como con una trenza. ¡Tienen que verlo!

En mi pequeño sistema mantengo muy bien el balance, aunque algunos dicen que estoy descentrado sólo porque mi eje tiene una oblicuidad mayor, es decir está más inclinado que el de otros planetas, pero no tanto como el de Urano. No entienden que es por los flujos internos, y tanto dinamismo que hay en mí. Lo que importa es que marchamos bien y en armonía.

Soy un gigante gaseoso, el más exterior de los otros gaseosos, mis vecinos Júpiter, Saturno y Urano, y aunque estoy muy lejos del Sol, no soy del todo frío, tengo un “pequeño” corazón del tamaño de la Tierra, que es fuerte y cálido, de roca fundida, agua, amoníaco, helio y metano. Por increíble que parezca, este calor interno duplica la energía que recibo del Sol. Esto es lo que me llena de contrastes. Mi propio calor, con el frío exterior, forma nubes de metano que se congelan en la atmósfera y adornan mis cielos con un celeste suave, cruzado por varios niveles de gélidas nubes blancas de casi -190° C y hasta menos, a veces matizadas con suaves tonos rosa. Tienen cientos de kilómetros de ancho y miles de largo. De octubre a noviembre del 2004, por aquí anduvo el Hubble y tomó unas fotos espectaculares de ellas… bueno, en realidad de casi toda la familia.

Insisto, no soy cambiante ni inestable. Mi naturaleza apasionada me marca un paso rápido y doy todas mis caras en poco tiempo. Roto a razón de 16 horas por día, así puedo estar al corriente de lo que me rodea, mientras completo mi traslación de 165 de sus años, en la octava órbita alrededor del Sol. Como mis días son tan cortos y mi año tan largo, mejor hablemos de horas, y para eso hagamos números, ¡me encantan los números! Después de todo a mí me descubrieron por cálculo matemático, no por observación: me divisaron justo en el momento que pronosticaron unas valoraciones matemáticas. Ahh, por eso los números me resultan apasionantes. Siempre son ab-so-lu-ta-men-te-ex-ac-tos. Pero esa es una historia para contarla con tiempo. Volviendo al tema, un año terrestre suma en total 8,640 horas, o sea, cada 10 años, un humano acumula 86,400 horas de vida, esto quiere decir que a los 20 años habrá vivido 172,800 horas; a los 30, 259,200 horas; a los 40, 345,600 horas; a los 50, 432,000 horas; a los 60, 518,400 horas; a los 70, 604,800 horas; a los 80, 691,200 horas; a los 90, 777,600 horas; a los 100 años, 864,000 horas; a los 115 años, 907,200 horas, que es la edad a la que llegan las personas de más edad en la Tierra. Un año mío es de 1,425.600 horas. Para cumplir uno de estos, un humano tendría que vivir 175 de sus años. Eso se pone difícil. La ventaja es que aquí todos serían bebés de menos de un año, aunque estuvieran arrugaditos, je je je. Además verían más amaneceres y atardeceres de los que nunca hubieran imaginado. Pero tienen que venir bien abrigados para resistir mis temperaturas, tres veces más frías que el lugar frío más frío de la Tierra.

Y si Tritón, Nereida y Proteo tienen cualidades que los distinguen, yo no me quedo atrás, tengo LOS, sí, así con mayúscula, LOS vientos más fuertes de todos los planetas, 2,000 kilómetros por hora. Ojalá nunca vean en la Tierra un huracán ni parecido, pues los más destructivos no han llegado ni a los 400 Km/h. Y esta sensación de rotar hacia el este y que mis vientos soplen hacia el oeste a tal velocidad, me da una sensación de frescura y libertad total. Me gusta que me despeinen.

Cualquier curioso podrá observarme con binoculares, si sabe dónde y cuándo buscar, pero para conocer mis intimidades y sobre todo, las de mi gran familia, hará falta un telescopio.

Yo no oculto nada a propósito, mis hijas e hijos adoptivos tampoco, simplemente estamos lejos, pero con el corazón muy cerca de ustedes y con ganas de conocernos, para atenuar las diferencias. Al fin y al cabo, de alguna manera, también somos familia.


Plutón
No hay nada oculto bajo el Sol
Sylvia Rodríguez

Artículo en revisión


Eso del tiempo es muy relativo. Aquí, desde el confín más lejano del Sistema Solar, un año es un año como quiera que se vea. Mis acompañantes de la novena órbita, y yo, Plutón, ahora su protector y líder, vivimos de acuerdo a un ciclo propio, que como todos, pasa por etapas, quizá menos evidentes que las de los otros ocho colegas, pero al fin y al cabo con cambios climáticos diferenciados. ¡Los nueve planetas somos tan diferentes! Por ejemplo, en lo que aquí completamos una vuelta alrededor del Sol, la Tierra nos saca 247.7 de ventaja, casi 248 de sus años. Ahí la veo toda estresada, rotando 6 veces más rápido que yo y con una traslación de un desasosiego. Mueve más del doble de masa que yo y… ehh… ¿será que eso lo que la hace ir más rápido? ¡Qué energía!

Siempre comentamos ¿Cómo será estar tan cerca de LA estrella? El Sol desde aquí se ve mil veces más brillante que una luna llena y 14 millones de veces más radiante que las otras estrellas, que resultan pálidas a la par suya, en nuestro cielo inalterablemente azabache. ¡Cómo me gustaría que un humano me contara!

Mi clima es único, paso por un largo invierno de 227 años en que el metano se congela y me cubre con un velo de belleza inexpresable. Pero cuando me acerco a mi antigua órbita, de los tiempos en que viajaba con Neptuno, y la invado por 20 años, como estoy más cerca del Sol, una especie de verano comienza, ¡ah! ¡Es la gloria!

Es un período corto, apenas una decimoquinta parte de mi ciclo, como si la Tierra tuviera sólo 24 días de verano al año. Llega muy sutil: un calor tenue me evapora poco a poco el metano, hasta en los polos, y leve se levanta en nubes ralas, en ellas quedan unos pocos cristales que no se terminan de descongelar, y en el negro profundo de mi cielo provocan un juego visual: un halo de luz que rodea al Sol. Se torna aun más bello y misterioso. Ante este milagro ya no me aflige que mi verano sea breve, sólo importa vivirlo, mirar hasta el cansancio esa imagen, para recordarla por 227 años, mientras disfruto del frío. No me quejo, sobre todo gusto de los cambios, por eso me independicé… entre otras cosas.

Como mencioné, hubo una época, hace eones de eones en que yo rotaba en el sistema de Neptuno, nuestro vecino más cercano, el que conduce la octava órbita. Pero por ser tan grande no me permitía vivir a mis anchas, tomarme mi tiempo para mirar cuanto quería ver, disfrutar de más movilidad, de etapas para pensar y observar. Además es un tanto melifluo, no lo culpo, son cambios provocados por su naturaleza gaseosa. Yo, a pesar de ser 22 veces más pequeño fui sólido desde siempre.

En esa era siempre me traía acelerado, gire que gire sin sentido, obedeciendo a ciegas su electromagnetismo. De repente me pregunté ¿Quién soy? Y sin ser consciente de ello empecé a construir mi identidad. Me di cuenta que nunca había tenido ni conservado algo que amara de verdad, el gran peso de ver mi destino reducido a ese estado de gravitación y dependencia me abrumó. Me llené de pánico. ¿Sería así por el resto de mis eones?

Sumido en estos pensamientos recurrentes, rotaba un verano mirando el anillo del Sol cuando frente a mis ojos pasó ella. Era un lunar blanco, luminoso y perfecto que se sobrepuso al continente de agua de la Tierra. Lo transitó flotando con su carita de conejo. Su sombra acariciaba suave, los relieves líquidos. Fue un momento mágico. El tiempo se detuvo y en el infinito sólo estaba ella. Antes que desapareciera de mi vista por quién sabe cuántas eternidades alcancé a balbucear

—¿Cómo te llamás?

—Selene. Dijo tímida, y se alejó despacio con la sonrisa más dulce que nunca me habían prodigado. A partir de ese segundo cósmico esperé, la esperé.

Apareció en otro ciclo, en otro y en otro. ¡Siempre con tan poco tiempo para hablar! Pero fue suficiente para irnos conociendo. A cada encuentro mis ansias por acercarme a su zona se henchían más y más. Me contó que Gaia, su madre, tenía el cielo azul, que Helios, su hermano, el Sol, se veía amarillo-dorado y se sentía 900 veces más caliente que en mi dominio. Cada despedida era una agonía. Me dejaba lleno de interrogantes y curiosidad. ¿De qué color será el amarillo, el dorado? Azul, linda palabra. ¿Cómo será el azul? ¿En qué se diferenciará de mi cielo negro profundo poblado eternamente de estrellas que no se opacan con el Sol? … 900 veces más calor… ¡Qué intriga! ¡Qué ganas de viajar! Tuve una revelación repentina y aceché el momentuum propicio.

Al encuentro siguiente la esperaba inusualmente alerta. Apareció tan redonda, irradiando vida, dispuesta al juego. A su paso le comenté mis planes, se entusiasmó, y traspasó mi tenue atmósfera con una mirada distinta.

Veintiocho ciclos después, advertido del paso de un cometa, calculé todo: parabólica de órbita, hipérboles, velocidad inicial, velocidad final, ¡uff! como si nada, entre 8 y 11 kilómetros por segundo, unos 28.000 a 40.000 kilómetros por hora… pero sobre todo, cabeza fría para lograr el ángulo de entrada ideal… no fuera a terminar de estrella fugaz, con todo el mundo pidiéndome deseos, mientras ardía camino a mi propia muerte prematura, atraído por el enorme cuñado celoso para ser fatalmente tragado.

Vi venir al viajero y empezó a retumbarme el corazón. Varias semanas después cuando estuvo a mi alcance, en un descuido de la nebulosa mirada de Neptuno, me agarré a su cola y fzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz, escapé a toda velocidad rumbo al Sol, en dirección a la tercera órbita, para unirme a mi amada.

En la precipitación casi malogro el balance, fue muy aventurado. ¡Já! pude terminar en el quinto cielo, succionado por un agujero negro, o por el vacío del cometa mismo, convertido en “trotacosmos”. ¡Qué emoción! Empecé a sentir el viento cósmico en la cara según ganaba velocidad.

Pero no todo fue bien calculado, Caronte, quien en silencio amaba también a Selene, nos venía controlando hacía eternidades. Espiaba las conversaciones, los encuentros, los halagos, los coqueteos, alimentando una rabia inmanifiesta que mantuvo contenida. En cuanto me vio partir se lanzó a la inercia del cometa, y apenas pudo me aferró fuerte para impedirme avanzar. Perdí el impulso. Con lágrimas en los ojos vi mi única oportunidad alejarse por el cosmos hacia ella.

Enloquecí y la agarré a empellones contra el enano. Girábamos tan recio que nos alejamos en dirección contraria, sin soltarnos. Aun hoy, millones de años después, no podemos hacerlo, jamás nos desligamos, no vaya a ser que el otro logre salir despedido y consiga el corazón de Selene, la Luna más hermosa de todo el Sistema Solar, y la mejor amparada, por su admirada Gea, el planeta de cielo azul y sol amarillo-dorado, lleno de una vida extraña y abundante, que pasa por todos los colores y climas a lo largo de su cortísimo año.

Con tal de protegerla del innoble me quedé aquí, en el punto más lejano del Sistema, el más lejano a mi Luna, auto-confinado a anhelarla. Desde entonces mi rival y yo viajamos en una órbita sincrónica, bloqueándonos el paso, viéndonos a la cara sin podernos descuidar. Pasado un tiempo, estabilizamos esta elipse enorme elipse de casi 248 años de traslación, con una rotación tranquila de 151 horas por día.

Alguien de la Tierra que supo mi historia, con gran acierto me bautizó Plutón. Interesante, pues como Plutón, el dios griego que dominaba el inframundo, soy un planeta de cambios profundos, provoqué mi propia transformación individual, desde lo interno, y construí mi propia senda… órbita, en tanto Caronte recibió ese nombre sin duda por su obscura naturaleza. Esto evidencia que nuestro episodio se conoció en todo el firmamento. Como ven, no hay nada oculto bajo el Sol, ni siquiera aquí.


Taller de la palabra


Quiénes somos

Desde hace 12 años el taller de la palabra vive elaborando textos narrativos de manera grupal coordinado por la escritora Dorelia Barahona. Un ejemplo de este trabajo es el ejercicio común planetario que enviamos a CIENTEC con el fin de cooperar entre las diferentes disciplinas humanas para enriquecer el acerbo de nuestra cultura.

Los integrantes de este Taller de la Palabra tenemos en común la necesidad de escribir tanto como de respirar. Somos testigos y ejemplos del tránsito de la literatura como METAFORA del mundo rural, obrero, político, a la metáfora del mundo urbano, donde los corruptos kafkianos, los marginales y la clase oligárquica con sus “vicios y virtudes”, dan paso a otro tipo de personajes e historias, más interioristas e irónicas, que nos guían hasta donde se encuentre una posible respuesta nunca manifiesta: la otra historia que subyace en la intimidad de los deseos. Lograr Narraciones siempre deseosas de encontrar las respuestas en la mente y el espíritu humano que como llama, anima a toda la construcción social y cultural son nuestra meta.

Integrantes:

Floria Bertsch, agrónoma y apasionada del abrigo que nos otorga Gea.

Oscar Rímola, abogado y visionario de los poderes que ocultos portan los trastornos humanos.

Sylvia Rodríguez, periodista, Dama de la voz y la fantasía en su máxima expresión.

Janina Bonilla, antropóloga, narradora de los pueblos interiores, fundacionales que toda mujer transmite.

Harry Wohlstein, abogado, testigo lúcido de los ritos sociales y del precio personal que la mayoría paga por pertenecer al grupo deseado, además de ambientalista comprometido.

Fabiola Campillo, socióloga, apasionada por el tejido invisible de las construcciones humanas y de su palabra escrita como una forma de relatar los secretos: las otras historias.

Johana Fernández, trabajadora Social, impregnada de las cotidianidades que nos llena cada día.

Rafael Gamboa, abogado, especialista en develar, con fino humor los prejuicios y las mitomanías con que convivimos los parroquianos de cualquier pueblo latinoamericano.

Dorelia Barahona, escritora, filósofa y coordinadora del Taller de la Palabra, apasionada por la búsqueda de las raíces interiores del conocimiento.

Todos nosotros conformamos también la Editorial Lumbre, llama viva, luz, camino en la oscuridad, puerta abierta que invita a entrar a participar de ese encanto silencioso que es la lectura.

Para información o pedidos:
(506) 241 1742
Editorial Lumbre

 


© Fundación CIENTEC 2007
página creada el 21 de junio, 2006 – actualizada el 9 de enero, 2007